No era la primera vez que me ocurría. Pero esta vez sería la última. Seguro. Me lo había prometido.
Esa tarde estaba feliz, tenía una gran noticia que darle. Estuve toda la tarde pensando y pensando cómo iba a decírselo. Irradiaba alegría por todas partes, pero ya sabía que tenía que medir cada palabra para encajar bien las piezas del puzzle.
Quería que él fuera el primero en enterarse de la buena nueva. Por más que la gente me preguntaba que a qué se debía mi sonrisa, yo sólo deseaba verlo a él y darle la primicia. La tarde iba pasando, y poco a poco se mezclaban los sentimientos en mi interior. La felicidad dio paso al nerviosismo.
Lo tenía más que ensayado, cada palabra, cada silencio. Como cada noche, me adentré en la cocina para preparar la cena. Pero hoy debía ser algo especial, no valía cenar cada uno en un sofá con nuestra bandeja. Cogí el libro de recetas y cociné para él, para la persona más importante de mi vida.
Cuando estaba terminando de preparar la mesa, oí como las llaves abrían la puerta. Un frío “¿qué hay de cena? Vaya! Parece que hoy te has estirado y no me pones la misma mierda de siempre” fue la única respuesta que obtuve a mi beso y mi abrazo de recibimiento.
Continuará...